El domingo comienza más temprano de lo que uno espera. No es necesario oír la campanilla del despertador, pues apenas amanece los ojos se abren automáticamente.
No hay tiempo para pensar. Los hechos de la semana aún se están desencriptando en mi mente antes de pasar a la balanza y sacar conclusiones útiles y obtener alguna enseñanza. Ya no importa mucho si en días anteriores hubo algo que hice mal... o bien. Tampoco es relevante que me sienta bien o mal. Hay tantas ideas de cosas pendientes y tan poco tiempo para llevarlas a cabo.
El cansancio es una bestia muy difícil de domar. A lo más uno puede sosegarla un rato, pero dominarla por completo resulta imposible.
Quedan pocas horas para recargar energías y comenzar nuevamente una semana plagada de pequeños problemas ajenos que siempre terminan por desgastarme.
Faltan nueve horas para que termine el día. Nueve horas que se hacen pocas para descansar y parecen demasiado tiempo para dedicar a uno mismo. Es un domingo de 30 horas y ya quiero que termine.
domingo, noviembre 13, 2005
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)


