Hoy ha sido un día extraño. No suelo celebrar mi cumpleaños en el trabajo, pero hoy fue maravilloso. Mis compañeros prepararon una reunión a mis espaldas, con torta de frambuesas y crema. La idea fue compartida, pero hubo una mujer que se llevó la mayor parte del crédito por ese gesto tan hermoso. No me cansé de abrazarla y besarla, a pesar de que todos notaron que había una marcada preferencia hacia ella.
Ha sido un día intenso, emocionante, grato en acciones e intenciones. Ojalá se repita el año próximo, cuando cumpla 36 y esa mujer siga estando a mi lado, ya sea como compañera de trabajo o como socia en algún proyecto diferente. Lo único que sé es que quiero tenerla en mi vida para siempre, y nunca había estado tan seguro de algo en estos 35 años. Lo venía sientiendo desde hace un tiempo, pero cuando esta mañana fue la primera en saludar y me cantó al oído supe que todas las piezas del rompecabezas cuadraban a la perfección... Siempre estaré junto a ella, de cualquier modo.
jueves, enero 26, 2006
lunes, enero 02, 2006
Adiós 2005, bienvenido 2006
Fue increíble. Estuve entre una multitud de unas cuatro mil personas a horas de iniciarse el festejo de Año Nuevo en Valparaíso. Estuve a punto de pasar solo ese momento tan glorioso. Estuve a punto de no dar un abrazo a medianoche. Un presentimiento me hizo llamar al teléfono de una gran amiga porteña. No pude ser más afortunado. Me invitó a cenar a su casa, con su familia y a compartir los fuegos artificiales desde lo alto de los cerros.
No fue todo. Más tarde bajamos hacia el plan, escurriendo por unas escaleras que jamás me permitieron seguir el paso de mi compañera. Claro, ella está acostumbrada a subir y bajar quinientos metros diarios de escalas de piedra, en invierno y verano, así es que la experiencia no era nada nuevo. Pero yo, nacido y criado en la capital donde existe apenas un par de cerros parecía un niño aprendiendo a caminar.
Llegamos a un local nuevo, alternativo -como dice la gente que no frecuenta esos ambientes- y nos separamos a pocos minutos de ingresar. Me encontré con otras dos amigas a quienes tenía muchas ganas de ver esa noche. Bailamos un rato, compartimos un par de tragos y de madrugada escapamos hacia Viña del Mar. El apetito a esa hora es bravo como pelusón porteño. Terminamos comiendo chorrillanas en un paseo del centro de Viña. Me despedí de mis chicas y regresé a Valparaíso: al calor de la noche que aún se mantenía al interior de aquel local donde bailé hasta las 9 de la mañana. Ya era uno de enero y en un par de horas tendría que regresar a mi ciudad.
Me dormí apenas subí al bus. Me despertó el auxiliar cuando estábamos en el terminal de Santiago. Ya no quedaba nadie, sólo yo, que dormía profundamente en el asiento número 15. Había cumplido con la misión más importante de todas: darme tiempo y espacio para disfrutar con mis amistades.
Gracias a Gigliola por la generosidad, las fotos, la cena y la invitación. Agradezco también a Denisse y Mabel por ser mi grata compañía de baile, tragos y desayuno en Viña del Mar. Todas ellas se han metido un poquito más adentro de los tejidos de mi corazón.
No fue todo. Más tarde bajamos hacia el plan, escurriendo por unas escaleras que jamás me permitieron seguir el paso de mi compañera. Claro, ella está acostumbrada a subir y bajar quinientos metros diarios de escalas de piedra, en invierno y verano, así es que la experiencia no era nada nuevo. Pero yo, nacido y criado en la capital donde existe apenas un par de cerros parecía un niño aprendiendo a caminar.
Llegamos a un local nuevo, alternativo -como dice la gente que no frecuenta esos ambientes- y nos separamos a pocos minutos de ingresar. Me encontré con otras dos amigas a quienes tenía muchas ganas de ver esa noche. Bailamos un rato, compartimos un par de tragos y de madrugada escapamos hacia Viña del Mar. El apetito a esa hora es bravo como pelusón porteño. Terminamos comiendo chorrillanas en un paseo del centro de Viña. Me despedí de mis chicas y regresé a Valparaíso: al calor de la noche que aún se mantenía al interior de aquel local donde bailé hasta las 9 de la mañana. Ya era uno de enero y en un par de horas tendría que regresar a mi ciudad.
Me dormí apenas subí al bus. Me despertó el auxiliar cuando estábamos en el terminal de Santiago. Ya no quedaba nadie, sólo yo, que dormía profundamente en el asiento número 15. Había cumplido con la misión más importante de todas: darme tiempo y espacio para disfrutar con mis amistades.
Gracias a Gigliola por la generosidad, las fotos, la cena y la invitación. Agradezco también a Denisse y Mabel por ser mi grata compañía de baile, tragos y desayuno en Viña del Mar. Todas ellas se han metido un poquito más adentro de los tejidos de mi corazón.
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