Fue increíble. Estuve entre una multitud de unas cuatro mil personas a horas de iniciarse el festejo de Año Nuevo en Valparaíso. Estuve a punto de pasar solo ese momento tan glorioso. Estuve a punto de no dar un abrazo a medianoche. Un presentimiento me hizo llamar al teléfono de una gran amiga porteña. No pude ser más afortunado. Me invitó a cenar a su casa, con su familia y a compartir los fuegos artificiales desde lo alto de los cerros.
No fue todo. Más tarde bajamos hacia el plan, escurriendo por unas escaleras que jamás me permitieron seguir el paso de mi compañera. Claro, ella está acostumbrada a subir y bajar quinientos metros diarios de escalas de piedra, en invierno y verano, así es que la experiencia no era nada nuevo. Pero yo, nacido y criado en la capital donde existe apenas un par de cerros parecía un niño aprendiendo a caminar.
Llegamos a un local nuevo, alternativo -como dice la gente que no frecuenta esos ambientes- y nos separamos a pocos minutos de ingresar. Me encontré con otras dos amigas a quienes tenía muchas ganas de ver esa noche. Bailamos un rato, compartimos un par de tragos y de madrugada escapamos hacia Viña del Mar. El apetito a esa hora es bravo como pelusón porteño. Terminamos comiendo chorrillanas en un paseo del centro de Viña. Me despedí de mis chicas y regresé a Valparaíso: al calor de la noche que aún se mantenía al interior de aquel local donde bailé hasta las 9 de la mañana. Ya era uno de enero y en un par de horas tendría que regresar a mi ciudad.
Me dormí apenas subí al bus. Me despertó el auxiliar cuando estábamos en el terminal de Santiago. Ya no quedaba nadie, sólo yo, que dormía profundamente en el asiento número 15. Había cumplido con la misión más importante de todas: darme tiempo y espacio para disfrutar con mis amistades.
Gracias a Gigliola por la generosidad, las fotos, la cena y la invitación. Agradezco también a Denisse y Mabel por ser mi grata compañía de baile, tragos y desayuno en Viña del Mar. Todas ellas se han metido un poquito más adentro de los tejidos de mi corazón.
lunes, enero 02, 2006
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